El despertar de Prometeo: Cuando el conocimiento se convierte en un crimen


El despertar de Prometeo: Cuando el conocimiento se convierte en un crimen 

Este ensayo esta escrito única y exclusivamente para ser presentado al concurso español Compitalia.


En una era en la que el progreso es sinónimo de poder, y el conocimiento, de rebeldía, el juicio de Prometeo ha capturado la atención del Olimpo y más allá. El titán, acusado de robar el fuego sagrado y entregarlo a la humanidad, enfrenta una condena eterna por un acto que muchos consideran heroico y otros, una peligrosa transgresión. 

Prometeo, llamado por algunos "el padre de la ciencia" o “el benefactor de la humanidad” es descrito en los registros divinos como un visionario. El fuego que robó no es solo una llama física, sino el símbolo del conocimiento: la chispa que despertó la creatividad humana, permitiéndoles dominar su entorno y desafiar a los dioses. "Era su derecho", declaró Prometeo durante su defensa. "El fuego no pertenece solo a los poderosos. Su llama debe iluminar a todos." 

Y la pregunta que debemos hacernos hoy en día es, nosotros, como sociedad, ¿somos poseedores de esa llama? En pleno siglo XXI, ¿tenemos el conocimiento a nuestra disposición? Es sabido por todos que es imposible conocer todo lo que ocurre a nuestro alrededor, y más ahora, en una época de posglobalización, en la que, si quisiéramos enterarnos de todo lo que ocurre en el mundo, no tendríamos tiempo de siquiera vivir, por algo existe el dicho: quien mucho abarca poco aprieta. 

Teniendo clara esta cuestión, debemos preguntarnos qué tipo de llama es la que creemos poseer, ¿tenemos una llama intensa y brillante, una llama que nos calienta y que nos arropa en la fría oscuridad de la desinformación? ¿O tenemos, por otro lado, un incendio? Un incendio que nos rodea por todos lados, pero un incendio conformado de llamas falsas, llamas que no nos calientan, que solo nos acorralan y nos aturden, pero que se trata realmente de ilusiones que nos hacen tener la sensación de calidez, una falsa calidez. 

Si tenemos mente crítica y observamos detenidamente las noticias que nos llegan, nos daremos cuenta de que la mayoría de estas, si no todas, están previamente manipuladas para el beneficio de unos pocos “dioses” a los cuales les interesa más tener a los mortales entretenidos con banalidades que contar las cosas tal y como son, y compartir un poco de su llama con nosotros. Y es que como dice uno de los periodistas más reconocidos de nuestro país, Iñaki Gabilondo en su libro El fin de una época: “En tiempos de transporte difícil, el periodista era una verdadera ventana al mundo. Pero los tiempos han cambiado. Y aquella ventana al mundo se ve constantemente empañada por el rumor y los intereses de los poderosos”. 

Está claro que, a lo largo de la historia de la humanidad, ha habido Prometeos que han intentado revelar verdades incómodas para ciertas personalidades; periodistas perseguidos, científicos censurados, denunciantes castigados. Casos como el de Charles Darwin, quien, con su teoría de la evolución por selección natural, puso en cuestión los dogmas religiosos y científicos de su tiempo, hecho que le causo una vida de rechazo público afectando profundamente a su salud, o Sophie Scholl, la cual desafió al régimen nazi a través de la distribución de folletos que exponían la injusticia del régimen y llamaban a la resistencia, lo que la llevo a ser arrestada, juzgada y ejecutada por sus creencias. Los “dioses” han ido tras estos y otros muchos valientes como en su momento fueron tras Prometeo, censurando, desprestigiando y haciendo uso de la manipulación mediática con el objetivo de retener la llama, manteniendo a los mortales en la oscuridad. 

Si retomamos el anteriormente comentado abrumador incendio y nos detenemos a analizar el carácter de sus llamas, advertiremos que se trata de decenas de noticias diarias alteradas por unos intereses concretos, otros tantos programas de televisión cargados de absurdeces y exabruptos, con la intención de que estemos bien a gusto con el helado clima y el oscuro paisaje de la desinformación, y de centenares de noticias falsas o bulos que circulan a nuestro alrededor a la velocidad de la luz y que nos llegan a través de las redes sociales, muchas veces estas solo se originan desde el odio o la intención de confundir de pequeños individuos sin importancia alguna en él mundo de los importantes o los que nosotros, como habrás observado durante la lectura, denominaremos también como “dioses”, pero sabrás, o supondrás al menos llegado a este punto del texto, si no te has ido ya, que una vez más, una parte bastante grande de estas falsas noticias son origen de los intereses de estos “dioses”. 

Llegado a este punto en el que los pocos que quedamos aquí hemos interiorizado las ideas del texto, queda plantearnos una última pregunta, o quizás un último conjunto de preguntas. ¿Cuándo llegará Prometeo con la cálida llama de los dioses, y quien será, y si no puede llegar por su cuenta, como podemos llamarlo en nuestra ayuda? La respuesta a estas preguntas es más sencilla de lo que parece, vamos a contestarlas una por una, nuestro Prometeo llegara cuando la humanidad despierte, cuando deje de lado la comodidad de la ignorancia y se arme de valor para salir en busca de la verdad. Sí, Prometeo no es otro que nosotros mismos, la sociedad de “mortales” sometida por el ataque continuo de desinformación efectuado por los “dioses”. Y contestando a la última pregunta, si de veras quisiéramos despertar a Prometeo para que se alce contra los “dioses” en nuestra ayuda, solo basta con que los individuos despiertos despierten a los dormidos. Que les cuenten las cosas tal y como son, que prediquen la palabra de la verdad y que no se dejen vulnerar por la despiadada ofensiva de los “dioses”. 

Prometeo desafió a los dioses y pagó el precio. Hoy, el precio de la verdad sigue siendo alto, pero solo quienes se atrevan a buscarla encenderán la llama que ilumine el futuro. Dicho esto, mucha fuerza para esos mortales que luchan contra los dioses como lo hizo Prometeo en su respectivo mito griego. 

Por Yael Herrera.

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